miércoles, 30 de noviembre de 2011

Seminario cultural No. 50



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Queridos lectores: A continuación, el contenido del seminario cultural Artetipos No. 50.


Nuestra Opinión
Dos décadas y la fiesta sigue

Gracias a Dios y al esfuerzo incansable de Don Sergio Parra Román la semana pasada el Diario La Opinión de Morelos cumplió 20 años de informar cotidianamente al pueblo, de manera abierta y a pesar de las amenazas que se recibieron hace algún tiempo.
El sueño de ser el mejor en Morelos va cumpliéndose, con la garantía de ofrecer a los lectores, a los amigos y a los clientes un producto de excelente calidad, que no dañe la moral ni la ética de los morelenses con “información” y fotografías de mal gusto.
Este 20 Aniversario es uno de los más importantes por el crecimiento que tiene La Opinión de Morelos, al mejorar la calidad de la impresión con una nueva maquinaria que nos deja la satisfacción de salir en color.
Hace 20 años que inició el sueño, hoy está consolidado y camina hacia mejores destinos y con el objetivo de tener la mejor información del Estado para ofrecerla de Huiztilac a Amacuzac y de Axochiapan a Coatlán del Río.
Gracias a Don Sergio Parra Román también La Opinión de Morelos está a la vanguardia en las redes sociales y en el portal donde diariamente puede consultar nuestra edición, ya sea desde Groenlandia hasta La Patagonia, desde Japón hasta San Francisco, lo mismo en Europa, Asía, África y Australia.
Van 20 y vienen muchos más con mejor información, con la calidad y el respeto que merece el pueblo de Morelos, al que nos debemos.


Memorias del Subsuelo
Mario Gilberto Salazar Parra

*La Ciudad de México como el oscuro objeto del deseo.
*Memorias del Subsuelo.

La ciudad de México.
Nunca he visto un horizonte más amplio que el tuyo. Lo descomunal en ti es lo cotidiano y mágico. Dos montañas blancas son parte de lo hermoso de tu escenario.
Con mis ojos infantiles te descubrí por primera vez. Fue demoledora tu imagen y balsámica a la vez.
Ya de joven me metí a tu vientre oceánico: Caminé por las calles de Argentina, Brasil, Donceles, Cinco de Mayo, Carranza, Regina, El Salvador, Cuba, la Avenida I6 de Septiembre, Justo Sierra, La Avenida Reforma, Insurgentes, Chapultepec, Perú, Fray Servando Teresa de Mier, Isabel la Católica, El Eje Lázaro Cárdenas, Palma, La Avenida Juárez, Correo Mayor, Tepito, La Lagunilla, La Bondojito, Madero, Pino Suárez y Tacuba.
Supe del tufo de tus fábricas al norte de la ciudad. Días de niebla y frío, mañanas de lluvia, cielos grises y opacos.
Me formé –en más de una ocasión- en el Monte de Piedad… Fui testigo de las miradas suplicantes y de ansiedad de los pignorantes que llevaban sus alhajas, relojes, consolas, salas y enseres domésticos para tener qué comer. Platiqué con los “coyotes” que me querían comprar la boleta de empeño; supe de su avaricia salpicada en sus ojos y en su boca adornada por sus anillos de esclavas de oro y dientes de porcelana.
No me rendí; aguardé impaciente hasta llegar a cualquier ventanilla y soportar la avaricia del valuador mercenario.
¡Oh ciudad! con olor de aguardiente y fiesta, con Palacios en cada esquina. Todo en ti huelen los siglos de las piedras, se escuchan las turbinas de los aviones y el canto de los borrachos en las cantinas que quiebran el cielo como a un cristal y convoca al sol para espantar tu tristeza.
Conocí tus tranvías amarillos y con la panza verde, sus chirridos de fierro viejo, su trac, trac, trac como trino de pájaros agonizantes ¡ah los tranvías! el viaje de la ilusión colectiva.
Me metí a tus callejones obscuros. Me asomé a tus barandales y pasillos interminables en Tepito y La Lagunilla.
Escudriñé en tus viejas casonas en busca de los libros viejos: Miguel de Cervantes, Fedor Dostoievski, José Vasconcelos, Pablo Neruda, Miguel Hernández, Juan Carlos Onetti, Antonio Machado, Miguel Ángel Asturias, Rómulo Gallegos, El Dante, Virgilio, Anatole France, Jorge Enrique Isaac, José Rubén Romero, Gabriel García Márquez, Víctor Hugo, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Octavio Paz entre otros: Libros usados, pero no mancos ni callados, con su olor a tinta vieja y pastas añejadas que me invitaban a escudriñarlos hasta sus últimas intimidades y escondidos secretos.
Caminé… ¡Caminé mucho! sin descanso por todos tus entornos y rincones, bebí en tus  cantinas y probé los besos frescos de las mujeres y olí sus perfumes baratos, exquisitos y delicados. Supe de tus hoteles de paso. De tus pulquerías y bares sofisticados. Bailé en tus pistas nocturnas en la Plaza Garibaldi, en casas de citas, en fiestas de pompa y circunstancia.
Un día, ¡tormentosa ciudad! me diste miedo; sacaste tus tanques de guerra, las bayonetas, los rifles y las metralletas. Vi con miedo, coraje e impotencia cómo tiraban los cuerpos a los camiones de basura y a las ambulancias. Escuché voces desde los balcones gritando “asesinos”, “asesinos”, “asesinos” a los uniformados que nos correteaban por el Centro histórico: “Maligna Ciudad”.
Una tarde me conmoviste. Cerca del Aeropuerto escuché las voces ¡miles de voces! en apoyo al Presidente de Chile, doctor Salvador Allende, quien –en un carro descubierto- saludaba a tus habitantes que habían acudido a recibirlo. Esa tarde lloré… Vi a un hombre solo y antes de su muerte en el Palacio de la Moneda.
Antes de cumplir los I8 años de edad y en el Cine Versalles entré para contemplar la belleza de Catherine Deneuve, “Bella de Día”, de Luis Buñuel.
Una tarde en La Alameda, fui a un recital: Un piano, violines, un chelo, un corno, guitarras, un corno francés y tres flautas. El escenario era bello y sutil como una pompa de jabón. Había muchas flores. Los ahuehuetes complementaban la visión fotográfica.
Cantó Joan Manuel Serrat. No venía solo, llegaba con los aires de la República Española: Miguel Hernández, García Lorca, Gabriel Celaya, Antonio Machado y José Agustín Goytisolo. Tarde memorable y en tu vientre bendita ciudad.
El Museo de Antropología, el Palacio de Minería, el viejo edificio de Correos, el Castillo de Chapultepec, La Torre Latinoamericana, El Bar La Ópera, el Tranvía ¡Oh ciudad descomunal!
Siempre me he sentido un niño cuando estoy contigo. Siempre un niño ingenuo, con toda la capacidad de asombro, inerte e indefendible ante tu grandeza y presencia mágica.
Me gustan los aviones cuando parten en la tarde- noche. Sus luces intermitentes, la silueta que se pierde poco a poco, el ruido de las turbinas, el suave anuncio de la lejanía y el milagro latente de algo que se pierde lentamente… Es como ver a una parte del mundo: Alejandría, Barcelona, Grecia, Lisboa, Río de Janeiro, Buenos Aíres, Bolivia, Portugal. La añoranza de lo que nunca he visto. Tus tardes son modernas noches con las luces adornando tus vetustos edificios y viejas vecindades, pasillos con flores que tranquilizan la noche.
Me gustan tus murales de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Un mural de mi amigo Guillermo Monroy. Pero…
¿Qué maldad guardas en tus entrañas cuando después de Tlatelolco celebraste tu olimpiada?
Bálsamo de todos mis males, vacuna contra la vacuidad, herida siempre abierta, amada, amada Ciudad de México.
Memorias del Subsuelo
Para Daniel Gómez Campos, amigo entrañable que regresa mañana a Chicago. Hermano que te vas a Estados Unidos, lleva a tu esposa y tus hijos un recuerdo de Mario.






Nuestros Humanistas
María del Carmen Millán, Académica
Por Rosario Castellanos


Tel Aviv. En un ejemplar de Excélsior, para mí mucho más reciente que para usted, leí los titulares: ‘’La Academia Mexicana de la Lengua, abre sus puertas, después de 99 años, por primera vez para una mujer: María del Carmen Millán. ’’
Y me llené de alegría. Por la Academia, que lo abstracto debe ir siempre adelante, que rompía ese círculo vicioso trazado cada vez que quedaba un sitio disponible por la muerte de alguno de sus miembros integrantes. (Parece que la única Academia en el mundo que garantiza la inmortalidad es la francesa. Pero nosotros, mexicanos, con esa familiaridad de trato que nos caracteriza cuando se trata de cadáveres y con ese negro sentido del humor que nos ha hecho notorios en el mundo entero, no dejamos de invitar a ninguna de nuestras reuniones ni sentar a ninguna de nuestras mesas de honor a la Calavera Catrina.)
Pero la Academia no únicamente ha roto un círculo vicioso sino que lo ha hecho para permitir la entrada a quien, más que nadie, se la merece: a María del Carmen Millán.
Por su currículum la conoceréis: Doctora en letras, maestra, Maestra, Maestra de literatura desde los niveles preparatorios hasta los seminarios más especializados; autora de libros de texto pedagógicos, crítica ponderada y justa, fundadora y alma del Centro de Estudios Literarios y ahora encargada de la Dirección General de Divulgación de la SEP, María del Carmen Millán es mucho más de lo que proclamen sus títulos y de lo que afirmen sus cargos: es una persona.
Usted que está allí, muy puesto, dándoselas de olor, dígame, ¿a cuántas personas ha conocido a lo largo de toda su vida? ¿A muchas? Pues es usted mucho más afortunado que yo, que cuento a las que he conocido con los dedos de una mano y me sobran los dedos. Me bastan las personas. Me bastarían incluso si sólo fuera una y esa una fuera María del Carmen Millán.
¿Tanto así? ¡Tanto así! Si usted no me concede crédito porque me lo tengo bien ganado de exagerada y soflamera, haga usted sus indagaciones en otra parte: entre sus alumnos, las generaciones a las que ha enseñado a leer lo que está escrito en las líneas para entender mejor lo que no se está escrito y lo que se queda en el tintero del escritor y lo que no le alcanza el idioma para decir.
Aprender a leer es, como quien no quiere la cosa, aprender a hablar. Y hablando, hablando viene uno a darse cuenta, no sólo de que lo hace en prosa, como el Monsieur Jourdain de Moliere, sino de que además se ejercita en otra actividad: pensar. María del Carmen ha conducido a sus alumnos por esta senda, que tantos insisten en volver árida, “felices, inadvertidos y confiados”. Los ha tenido brillantes y les ha brindado siempre estímulo, oportunidad de continuar ampliando sus horizontes, les ha mostrado el ejemplo vivo de lo que ella es. Los ha tenido mediocres y ha hecho con ellos la caridad de ser paciente, graciosa, amable. ¿Qué se va a hacer si la Divina Providencia no les concedió el don del aprendizaje? Majar en hierro frio, dar coces contra el aguijón porque quizá ocurra uno de esos milagros y brote agua de la piedra. Y si no, paciencia. No se va acabar el mundo porque Fulanito o Menganita sean incapaces de descifrar el Poema del Cid ni de apreciar las Soledades de Góngora. Pero tampoco se va a acabar el año con una de esas calificaciones que no son un regalo ni una limosna ni un favor, sino un insulto. Y además está en juego, usted sabe, esa otra realidad importante que se le llama Justicia y a la que no se le da atole con el dedo tan fácilmente como queremos ni como creemos.
Pregunte usted a sus compañeros de trabajo si María del Carmen tiene el don de mando (suaviter in modo, fortiter in re) cuando se trata de subordinados;  si tiene el don de respecto, que es donde mejor resplandece su dignidad, cuando se trata de jefes; y si tiene el don de la solidaridad con sus iguales.
Unos recordarán una anécdota, otros otra. Yo tengo la mía y se la voy a contar. Acaba de caer, en las circunstancias ignominiosas que ninguno ha olvidado, el régimen del doctor Ignacio Chávez en la UNAM. Yo había sido muy próxima colaboradora  suya y no supuse que mi lealtad debería cesar simultáneamente con mis funciones. Lo que debía tener una recompensa, naturalmente. La recompensa fue que me quedé, como quien dice, chiflando en la loma, sin trabajo, porque los que estaban en aptitud de ofrecerme algo temían malquistarse con las altas instancias y, ay, Dios, qué pena, ¿qué vamos a hacer? Pero fíjate que eso de hacer versos no rinde. No salgas ahora con que al dedicarte a la literatura pensabas que con eso te ganarías la vida. La lógica es la lógica, qué carambas.
¿Quién me saca del agujero en aquel entonces? María del Carmen Millán. Sin aspavientos, sin tratar tampoco de ocultarse, sino con la completa naturalidad de quien obra siempre con rectitud. Daba la coincidencia de que ella había dictado cursos el año anterior en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Wisconsin. Y de que habían quedado tan convidados que ahora la invitaban a volver. Sólo que ella no podía aceptar la invitación porque desempeñaba el puesto de secretaria de la Facultad de Filosofía y Letras. Me propuso entonces a mí para sustituirla. Y fue a ella, no a mí, a quien recibieron en Wisconsin con los brazos abiertos; fue al recuerdo de ella al que prestaron atención en las aulas; fue al respeto que se había ganado al que entregaron trabajos notables.
Quizá María del Carmen sí se acuerde de este favor que le debo, porque fue muy obvio y muy de bulto, aunque ella no es de las que llevan cuenta de lo que dan. Pero hay muchas otras cosas que he recibido de ella sin que ella se entere. Entre otras, la principal, un espejo en el que se mira la entereza.
Yo soy, de nacimiento, cobarde. He temido muchas cosas y lo que he temido más es la soledad. Una mujer sola… ¿No se le ven, por todas partes, los huecos de los hijos que no tuvo, del marido que le falta, de la familia de la que ella es el centro y la base? Una mujer sola, cualquier mujer sola, quizá. Pero no María del Carmen. Ella se basta así misma; de un modo misterioso está completa y comunica esta sensación de plenitud de quien sabe amar, de quien sabe saber, de quien sabe entregarse a una tarea, de quien sabe responder con integridad a una vocación. Teniendo frente a mí el dechado de María del Carmen, fui capaz de romper amarras que no debían tenerme atada y de partir y de permanecer, temblando (al principio de miedo y ahora de maravilla) porque tengo en mis manos este tesoro desconocido que se llama libertad.
De María del Carmen Millán, amiga, habría mucho qué decir. Tanto que no puedo empezar, porque seguiría y seguiría mucho después de que se me hubiera acabado el espacio, el aliento y el acaso, también la vida.

Viajero, una mirada a China…
Beijing, La Ciudad Prohibida
Miguel Cortés Loyo

Bajo un sol tenue que asoma de vez en vez por una cortina de niebla y un frío que te cala los huesos, respiro y llevo mi andar a su límite; un paso más, sólo un paso más y terminaré el recorrido. Qué cansado estoy, en verdad, uno pocas veces camina tanto, pocas veces se ven tantas cosas tan increíbles, pocas veces está uno tan lejos de su casa, sin embargo es sin lugar a dudas uno de los mejores viajes que he realizado.
Con tan sólo ocho mil 707 habitaciones y 980 edificios, esta ciudad perteneció a la Dinastía Ming; el Emperador, representante de Dios en la tierra, por fortuna compartía la “Ciudad Prohibida” con su corte, donde albergaban estas paredes inmensas el más importante centro ceremonial y por supuesto desde aquí se dirigía la política de toda China. Podemos encontrar El Palacio de la Pureza, El Palacio de la Tranquilidad, El Salón de la Unión, El Salón para Cultivar la Mente, El Palacio de la Suprema Armonía, El Palacio de la de la Armonía Central y El Palacio de la Preservación de la Armonía, entre muchos otros.
Con un total de 720 mil m2 es sin lugar a dudas una de las construcciones más grandes que he visto en mi vida, cuenta con 961 m de largo por tan sólo 753 de ancho, los muros que protegen a esta ciudad miden alrededor de 8.62 metros de altura, esta edificación ha sido sede de las dinastías Ming y Qing fungiendo como palacio imperial hasta 1925, esta enorme ciudad se sitúa justo en el centro de Beijin o Pekin y durante mas de 500 años fue la residencia oficial de los emperadores de dichas dinastías.
Actual sede de El “Museo Palacio”, es considerada como la mayor colección de estructura de madera en el mundo, entendiendo que sus techos, pisos y muebles están tallados en su mayoría en madera, cabe mencionar que los objetos exhibidos son los pertenecientes a sus dos dinastías aquí residentes con anterioridad.
El nombre oficial es "Ciudad Prohibida”; en pinyin, Zijin Chéng, "Ciudad Púrpura Prohibida", el nombre se debe a que ninguna persona podía entrar o salir sin la vehemencia de el Emperador, por supuesto que casi nadie podía entrar, sólo la gente importante, e incluso la gente importante en ocasiones sólo una vez tenía acceso a la misma, ahora que para un simple mortal simplemente era: “La Ciudad Prohibida”.
Mas de un millón  807 mil 558 objetos son el total de la colección que alberga esta ciudad, entre ellos podemos encontrar libros de los emperadores, documentos imperiales, 30 mil objetos de Jade, 340 mil piezas de cerámica y porcelana, 10 mil piezas de bronce, 50 mil pinturas, mil relojes mecánicos, tronos, ropa de cama, banderas, entre muchos otros objetos que eran usados en la vida cotidiana de los Emperadores.
Así que bueno, hay que tomar aire para iniciar el recorrido por esta increíble edificación, por supuesto que como buenos mercaderes existen un sinfín de “recuerdos” que uno puede adquirir, en la entrada es curioso poder observar uno de los negocios más prominentes de esta Ciudad Prohibida, el negocio de las fotos, es decir: las fotografías de recuerdo, ¿y cual es el atractivo?, pues bueno; hay un sinnúmero de disfraces de la época de los Emperadores, de esta manera escoges si eres un emperador, un sirviente, un ayudante o un guerrero de Terracota, te uniformas y pasas a una sección especial donde se ha adaptado para que te tomes una foto con tus ropas de Emperador sentado en tu Trono por supuesto, al igual que existen una cantidad importante de Chinos que hacen de acompañantes en las fotos, así que sólo resta que pongas los ojos de rayita y listo, ahora eres un Emperador chino que posa para una foto con su corte.
No olvides tu chamarra, agua y mapa, necesarios para poder ingresar a esta hermosa ciudad flanqueada por murallas color rojo ocre, donde se encuentra una torre en cada esquina, es importante que al ingresar compres el pase completo para poder visitar todas las instalaciones, pues este te proporciona un precio favorable en comparación a comprarlo por secciones.
En tu visita podrás también disfruta de la plaza de Tian´anmen, la puerta de la ciudad y el Mausoleo de “Mao Tsé Toung”, dada la cercanía con el complejo conocido como Ciudad Imperial.
Hasta la próxima y recuerden que entre más lugares conocemos, nos daremos cuenta de cuántos más nos faltan por recorrer.
Comentarios a loyo_miguel@yahoo.com





























 


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